Pneumatología: Un recorrido histórico de la comprensión de la doctrina del Espíritu Santo


Mayo 12, 2026 - Hernan Gonzalez

La revelación bíblica ha sido la norma con la cual se ha desarrollado un sistema teológico, así como doctrinal con la cual la iglesia ha caminado a lo largo de más de dos mil años. A lo largo de la historia de la iglesia, se ha logrado preservar no solamente los Escritos que forman parte de nuestras Biblias, sino que a su vez, han aparecido hombres de Dios que buscaron que dicha verdad no fuera alterada por un nuevo entendimiento en sus tiempos. Esto en cierta manera, no evitó la posibilidad de que con un entendimiento o un razonamiento de hombres, nuestra óptica hacia las Escrituras fuera cambiando a lo largo de las generaciones. Como consecuencia las tendencias sociales de la actualidad han llevado a la persona (inclusive creyentes) a creer que en los días de la iglesia del hoy se pueden corregir las interpretaciones del pasado. Esta manera de pensar revela un error grave, en primera, porque llegar a pensar que el significado de un texto bíblico es determinado por la audiencia le quita toda autoridad a la revelación misma de Dios que fue manifestada a sus escritores originales. Y en segundo lugar, estaríamos devaluando la inspiración divina y la obra del Espíritu Santo que hizo posible dicha revelación. Esto explica el cambio en posturas doctrinales de muchos creyentes. Al ser sistematizada, la teología bíblica ha tomado diversas ramas que van acorde al entendimiento de los académicos y eruditos que intenta en cierta forma interpretar el texto de manera clara.

El intérprete del texto se argumenta, ya sea que trae consigo cierto bagaje cultural, lingüístico y ético,[1] o en algunos otros casos buscan establecer sus posturas teológicas tergiversando el texto.

Cuando hablamos de la tercera persona de la trinidad pone de manifiesto la disputa por su interpretación, así como su participación en todo el plan redentor de Dios. Particularmente desde el Antiguo Testamento vemos que los hagiógrafos originales hacen mención de la manifestación del Espíritu Santo de una manera progresiva que es comprendida mayormente en su revelación en el Nuevo Testamento. Por ello, el estudio especial de la persona y obra del Espíritu Santo, como miembro del Dios trino, no podría ser más importante.[2] En los tiempos del A.T., es comprendido el Espíritu de Dios como el principal agente de la revelación bíblica y su manifestación fue evidente tanto por los hagiógrafos originales, así como sus audiencias. La inspiración es la obra del Espíritu Santo en las formas, en las etapas, por los medios y en la medida que fuera necesario para garantizar que el propósito redentor de su revelación fuera efectivamente accesible.[3] Para los tiempos del N.T., uno de los ministerios del Espíritu era conducir a los hombres a la verdad y capacitarlos (especialmente a los apóstoles) a recordar, sin distorsión ni error, la verdad acerca de Cristo.[4] Esta verdad sigue siendo la misma para la iglesia del hoy así como lo fue para la iglesia primitiva. El mensaje del plan redentor del Señor por una humanidad caída es comprendido a lo largo de toda la revelación bíblica, así como la participación del Dios Trino en sus distintas formas de manifestación. Si uno comete un error en lo que tiene que ver con el Antiguo Testamento, entonces tiende a trasmitirlo a sus estudios de teología, ética y vida cristiana práctica del Nuevo Testamento.[5] A la luz de más de dos mil años de historia e interpretación, hoy te presentaré un estudio de la tercera persona de la trinidad, El Espíritu Santo, y un análisis de su manifestación gloriosa a lo largo de todo el registro bíblico y cómo debe ser comprendido e interpretado por la iglesia del presente siglo.

Trasfondo

Del día de Pentecostés hasta nuestros días, han pasado aproximadamente cerca de dos mil años de historia. Particularmente hablando de la historia de la iglesia, a lo largo de todo este periodo de tiempo, el hombre creyente ha experimentado la iluminación del Espíritu Santo y lo ha llevado a un entendimiento más profundo de Su revelación con el mayor fin de llevar a todos aquellos que escuchan el mensaje del evangelio a la salvación en Cristo Jesús. Después de derrotar al pecado y la muerte, la era de la iglesia dio comienzo con la promesa de la venida del Espíritu Santo quien le daría particularmente a los discípulos de Cristo el poder divino y proclamar esta nueva noticia hasta los confines de la tierra. El avance de la iglesia y la progresión del mensaje evangélico fue alcanzando. El impacto generalizado del pentecostalismo y el movimiento carismático ha sido tan grande que la literatura sobre el Espíritu Santo ha adquirido tal proporción que el dominio del corpus estaría fuera del alcance de la capacidad de cualquier individuo.[6] Esto por obra de Dios y Su misión redentora, podemos decir que ha sido evidente hasta nuestros días porque el mensaje del evangelio sigue teniendo un impacto importante en el mundo, aunque aún falta mucho por hacer.

Aunque a decir verdad han sido ciertas denominaciones evangélicas cristianas las que ha sido mayormente conservadoras y han dedicado su impartición de la predicación expositiva a mostrar la relevancia e impacto de la tercera persona de la trinidad, pero algunos otros, ha dejado de lado este punto fundamental de la revelación bíblica. En forma negativa, la interpretación y el entendimiento de la revelación y la influencia del Espíritu Santo ha sido un área de descuido que ha provocado grandes confusiones y separación dentro de la iglesia cristiana a lo largo de su misma historia. De estas diferencias tanto teológicas como de discernimiento, ha dado lugar a las diferentes denominaciones que han establecido su propia línea doctrinal y ha llevado a muchos al error en cuando a su entendimiento de Dios y su revelación en su forma trina. Abraham Kuyper acertaba cuando escribió que “la iglesia nunca ha confesado suficientemente la influencia que el Espíritu Santo ejerció sobre la obra de Cristo”.[7] A la luz de este problema, podemos comenzar diciendo que acorde a la misma Biblia, la revelación de Dios en Su tercera persona es evidente a lo largo de toda la Escritura. El relato bíblico pone de manifiesto la forma de operar y la naturaleza hipostática del Espíritu Santo en función mismo con Dios el Padre. Pero para ello, se debe establecer que el contexto adecuado para interpretar la Biblia es la de los autores bíblicos, el contexto que produjo la Biblia, y es hermenéuticamente absurdo pretender lo contrario.[8]

Aunque mucho se ha escrito acerca como ha sido manifiesto y el modus operandi realizada por el Espíritu de Dios, debemos entender en primer lugar, que cuando hablamos de Dios y de Su naturaleza y esencia eterna, el entendimiento del hombre sigue teniendo limitaciones para tener una comprensión total de ello. Y cuando hablamos de interpretación, precisamente esto es a lo que nos enfrentamos y es que dentro de la revelación bíblica, la manifestación del Señor fue evidente de diferentes maneras y en diferentes formas y esta fue comprendida por sus receptores, pero no de manera exhausta. Comenzando particularmente en el Antiguo Testamento, reconocemos que Dios no reveló toda su persona ni su propósito de una sola vez, sino por el contrario, realizó una secuencia de revelaciones cada una de las cuales añadía algo a las anteriores.[9] Con ciertas limitantes, estos hombres de Dios inspirados por la divina revelación trazan todo el plan de redención de tal forma que la historia redentora puede ser comprendida mayormente cuando es vista desde la superficie. El punto ahora es esclarecer la participación del Espíritu Santo durante este proceso redentor, para ello, nuestra principal fuente de información son las Escrituras ya que las mismas nos dan detalles que arman el rompecabezas con el cual nos permite analizar en una forma más completa la revelación que se dio a los primeros hombres por la misma inspiración divina de parte de Dios y su manifestación en el Espíritu Santo, la tercera persona de la trinidad.

El significado básico del término hebreo “santo” (hagios) ha sido motivo de debate desde hace mucho, pero existe un consenso general en que connota ideas como ser cortado o separado de, ser colocado a una distancia y, por tanto, apartado con el fin de pertenecer a Dios.[10] Esta idea y esta definición era particularmente la creencia y la cosmovisión del pueblo judío por las mismas Escrituras (El Antiguo Testamento). Ya para los tiempos del Nuevo Testamento y posteriores, se entendía que el Espíritu que Él da, procede del Padre, le es dado por el Padre, y por tanto es dado a la iglesia (Lc. 24:49 y Jn. 14:26).[11] Esta pneumatologia fue experimentada por los primeros cristianos y el movimiento kerigmático le fue dando forma a una iglesia universal llegando así a los confines del mundo hasta ese momento conocido.

El Espíritu Santo Desde El Antiguo Testamento

Las Escrituras nuevamente siguen siendo nuestro marco de referencia para determinar la postura doctrinal de la revelación pneumatológica de Dios en su Espíritu. Considerando ciertos puntos de vista históricos dentro de todo el plan redentor, los hagiógrafos originales son intencionales en señalar la operación del Espíritu Santo no solo a lo largo de todo el retrato bíblico redentor, sino también hace mención de su participación desde la creación del mundo.

En primera instancia la revelación bíblica vino de primera mano de un hombre llamado Moisés el cual inspirado por el Espíritu Santo plasmó y trazó el comienzo de la historia de la redención a través de una nación escogida y como fue el principio de la existencia. La autoridad mosaica nos ha demostrado que el autor no solamente está calificado para un trabajo de esta magnitud, sino a su vez, nos muestra que Dios uso sus capacidades y su contexto culturar de Moisés para realizar una documentación de lo que el Señor estaba haciendo desde tiempos antiguos. Estos propósitos redentores comenzaron desde la primera pareja establecida en este mundo. Aunque en primera instancia no lo menciona de forma explícita, pero a medida que avanza la narrativa nos va ofreciendo pequeños detalles que le permiten al lector deducir Su presencia. Mayormente entendiendo que estamos hablando de la revelación misma de Dios, los mismos autores originales, en este caso, Moisés, bien pudo haber experimentado el acercamiento de Dios a través de su Espíritu Santo para recibir el mensaje divino y este darlo a conocer.

En la literatura poética vemos el mover del Espíritu que llevó a los autores a plasmar su sentir acorde a su perspectiva de lo divino. Esta literatura, también conocida como sapiencial, nos presenta un entendimiento profundo de la realidad humana y como esta puede ser llevada para bien o para un mal si esta es vivida a la luz de las Escrituras o no. La presencia del Espíritu Santo en los autores de este género literario nos deja ver su sello en su estructura lírica y poética para entender el mundo a través de los ojos de Dios. Los salmos son la respuesta inspirada del corazón humano a la revelación que Dios hace de sí mismo en la ley, la historia y la profecía.[12]

La mayor manifestación pneumatológica que pudiéramos decir que fue experimentada por los profetas de Israel particularmente. No solamente porque ya se conocía en la historia la revelación de Dios a los hombres, sino que para este tiempo el mensaje divino era directo y estaba estrechamente relacionado con el carácter de Dios y el comportamiento de la nación israelí. Durante mil años de la historia de Israel aparecieron hombres (y algunas mujeres) que recibieron el mensaje de parte de Dios y que los dieron a Israel.[13] Para esta época, la manifestación alcanzaba proporciones que abarcaban una gran extensión territorial, para que Su mensaje fuera conocido por todas aquellas regiones tanto antes como después del cautiverio israelí. La presencia pneumatológica de Dios no solamente alentaba a la nación escogida, sino por otra parte, este mensaje divino también estaba permeado de una esperanza escatológica  

En conclusión, en el Antiguo Testamento, Dios es un solo Dios, que se revela a Sí mismo por medio de sus nombres, sus atributos y sus actos,[14] de los cuales, la manifestación o intervención del Espíritu Santo es evidente en el retrato bíblico. Dentro de la pneumatología bíblica del Antiguo Testamento parece llegar a su punto climático este tema cuando la manifestación del Espíritu Santo fue evidente en estos hombres conocidos como los profetas. La revelación trina de Dios sería más clara más adelante en la historia redentora. La manifestación del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento fue a manera de revelación más que una personificación como tal, como aparece ya en el Nuevo Testamento. Dentro del marco bíblico, esto nos lleva desde las sombras del Antiguo Testamento, hasta la luz más intensa de la revelación del Nuevo.[15] Todos los autores bíblicos nos plasman en sus letras y en su revelación esta manifestación trinitaria de manera progresiva. Por ello, sería más fácil ver la doctrina del Espíritu Santo en el contexto contemporáneo si examinamos su historia previa[16]

El Espíritu Santo en el Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento prosigue la historia comenzada en el Antiguo Testamento.[17] Para los tiempos en que se escriben los libros que ahora forman parte del Canon del Nuevo Testamento, los ahora cristianos tenían un entendimiento más profundo y con mayor claridad acerca del Dios Trino, de manera que su comprensión es ahora más clara acerca de la revelación de Dios en su Espíritu Santo. La manifestación en el día de Pentecostés marcaría un antes y un después dentro del plan redentor y la misión salvadora de Dios. El derramamiento del Espíritu mostraba la exaltación de Jesús y señalaba a su mesianismo y señorío,[18] esto con la finalidad de que el mundo fuera salvo por y a través de Él. Así fue como los autores bíblicos plasmaron esto en cada escrito esta línea de pensamiento que le daría a su audiencia original una comprensión clara del alcance redentor de Cristo.

La participación del Espíritu Santo es atestiguada por los mismos autores bíblicos y para demostrar dicha autoridad la misma evidencia interna, nos señala de forma explícita que la revelación, así como la inspiración divida que le dio forma a la Sagrada Escritura tenía su origen en lo divino y en la participación del Espíritu Santo, demostrando así que fue Él, la guía y el motor para producir lo que ahora conocemos como la Biblia. El primer testimonio es del apóstol Pedro quien, a su vez, fue uno de los discípulos originales de Jesús durante su ministerio. En su segunda epístola que lleva su nombre, el apóstol Pedro deja claro que la profecía no tenía su origen en el hombre, sino en lo divino y la intervención del Espíritu Santo hizo esto posible. De esta manera, la coherencia en el mensaje bíblico tiene su mejor explicación mediante el proceso de una intervención divina. Los autores humanos de la Biblia fueron controlados por el autor divino, el Espíritu Santo[19], siendo estos llevados de una forma sobrenatural a la inspiración, pero de manera controlada. La revelación de Dios por escrito vino a ser la guía no solamente de un pueblo en particular sino de la iglesia universal en general.

El segundo testimonio interno y que de igual manera ratifica la doctrina del Espíritu Santo, es el testimonio del apóstol Pablo. En su segunda carta a Timoteo Pablo señala que las palabras de Dios fueron dadas a través de hombres dirigido por el Espíritu Santo, de manera que sus escritos no tienen error.[20] El término griego que aparece en 1 Tim. 3:26 (theopneustos) nos da la idea que fue la intervención de Dios en el Espíritu Santo quien le dio origen a la Sagrada Escritura y al mismo tiempo, fue la guía de los escritores bíblicos. Esto no era solo la creencia dentro de la cosmovisión judía, sino que la primera iglesia cristiana mantenía esta norma en torno a la revelación de Dios. “Toda la Escritura”, se refiere sin duda, a todo el Antiguo Testamento y al menos a algunos de los escritos del Nuevo Testamento ya en circulación.[21] La pneumatología como parte del proceso de revelación deja en claro a lo largo de todo el retrato bíblico la manifestación del Dios Trino y la deidad del Espíritu Santo.

Otro aspecto importante en cuando a la revelación y la participación del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento, es esclarecido acuerdo a las funciones que realiza en los creyentes después de la ascensión de Cristo a los cielos. En primer lugar, la presentación que hace Jesús a sus discípulos acerca del Espíritu Santo (Juan 14:16), explícitamente deja claro no solamente su coexistente con Él, sino que también lo presenta como Aquel que vendría ahora a ellos, para ser el Consolador, abogado, consejero que los llevaría a toda la verdad revelada en Cristo.

En segundo lugar, el testimonio propio de los primeros cristianos, así como de los discípulos hacen ver el mover del Espíritu Santo y la expansión de la iglesia a lo largo del territorio del Imperio Romano. La manifestación del Espíritu en aquellos que profesaban la fe en el Salvador Jesucristo, además de conducirlos al arrepentimiento, los hacía como consecuencia realizar el acto del bautismo, tener comunión con otros creyentes, participar de la Cena del Señor y participar en la obra misionera de llevar el evangelio a otras partes del territorio conocido. Hoy en día el Espíritu sigue siendo el autor de dicho sentir; y la Escritura es el instrumento del Espíritu para convencer.[22]

El Espíritu Santo en la Historia de La Iglesia

El movimiento cristiano comenzado por los apóstoles sin duda es muy marcado en los relatos registrados en el libro de Hechos. La venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés marcó el inicio para la nueva era del plan redentor de Dios y respecto a su naturaleza en su Deidad Trina se mantenía un entendimiento claro de la manifestación divina en Su Santo Espíritu sin cuestión alguna. La convicción de fe de los primeros cristianos al enfrentar la persecución y la muerte venía por su creencia en el Salvador y su creencia en la promesa de esperanza; y como resultado de esta misma convicción, su entendimiento teológico y trinitario dejaban esta nueva cosmovisión respecto a la revelación de Dios para un mundo que comenzaba a ser impactado con la predicación del evangelio. Los gnósticos habían teorizado sobre los procesos internos de Dios y aunque su teología gnóstica fue anterior a la teología de la Gran Iglesia, los eclesiásticos no tuvieron necesidad ni deseos de especular sobre Dios y su revelación.[23] Los primeros cristianos eran intencionales en mantenerse fieles y actualizados respecto a la revelación escrita de parte de Dios sin dejar lugar para teorías o presuposiciones gnósticas, pero tiempo posterior a ellos, en los primeros periodos de la iglesia, se decía relativamente poco del Espíritu Santo.[24] Para los primeros siglos de la iglesia vendrían tiempos en los cuales antes las herejías y la persecución pudieron dar lugar a un enfriamiento eclesial pero Dios en su soberanía mantenía un remante listo para ser la guía en la iglesia y mantener la sana doctrina fiel a la Escritura.  

Poco tiempo después del surgimiento de la iglesia cristiana en el mundo antiguo no demoraron en presentarse los primeros ataques en contra de la iglesia y la fe cristiana. Una de las mayores dificultades que enfrentó la iglesia tenía que ver con problema hermenéutico, la forma en cómo se interpretaba ahora el texto y la manera en cómo se entendía la revelación de Dios en su forma trina. Con todo el cuadro completo de la revelación bíblica, se entendía la manifestación de Dios en todo el proceso del plan redentor pero las especulaciones, así como las herejías dieron lugar a un mal entendimiento de ello y por ende una mala interpretación. Filón de Alejandría echa mano de la interpretación alegórica para descubrir una notable coincidencia entre la filosofía platónica y el sentido alegórico de las Escrituras, es obvio que estos interpretes no tenían como objetivo descubrir el sentido original del autor o del texto.[25] Para tiempos del segundo siglo el principal ataque fue en cuanto a la deidad de Jesucristo, así como en su encarnación, nacimiento y su naturaleza divina. Dicha cuestión tendría un enforque mayormente cristológico ya que el Espíritu Santo no era tema de debate hasta ese momento.

Tomas de Aquino le dio un tratado mínimo al tema del Espíritu Santo y cuando trató el tema era en referencia a la persona del Espíritu o al sacramento de confirmación.[26] Para el primer Concilio de Nicea se sabe que el enfoque fue altamente cristológico mayormente ante el ataque de la herejía del arrianismo. Los padres capadocios serían los encargados de defender y esclarecer la divinidad de la persona de Cristo, así como sus dos naturalezas en lo que se dio a conocer como la unión hipostática y la Kenosis de Cristo. El tema de la deidad y la manera en cómo ahora opera el Espíritu Santo vendría a ser el tratado posterior por parte de la iglesia y los líderes eclesiales para nuevamente esclarecer el entendimiento trino de Dios y su revelación en el Espíritu Santo.

Macedonio, quien fue patriarca de Constantinopla es considerado históricamente como el creador de la herejía conocida como macedonianismo. Este pensamiento herético no negaba la divinidad de Cristo, sino más bien, negaba la divinidad del Espíritu Santo considerándolo un poco similar a la naturaleza de los ángeles. En su intento de salvar el pensamiento teológico monoteísta, Macedonio juntamente con su doctrina vendría a ser tratado por los líderes eclesiales y como resultado esta herejía fue condenada en el concilio de Constantinopla en el año 381 d.C. A la luz de la revelación bíblica, se podía llegar a la conclusión la idea de un Dios Trino y que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Constantinopla afirmó esta doctrina en el 381 d.C., y la frase filioque (y del Hijo) fue añadida en el Sínodo de Toledo en el 589 d.C., para afirmar que Cristo y el Padre enviaron al Espíritu.[27] Para este tiempo, la iglesia iba estableciendo las doctrinas sólidas y no negociables en cuanto a Dios y su revelación en su forma Trina para su plan redentor en el cual vemos la participación de sus tres personas.

Para los tiempos de la reforma, los debates entre los académicos vinieron a ser mayormente teológicos teniendo en cuenta doctrinas establecidas. La comprensión del Espíritu Santo en su forma de revelación para dar origen a las Escrituras y ahora en su obra de iluminación en los creyentes para esta época le dio a los teólogos a desarrollar un pensamiento sistematizado. Calvino se conoce como el primer interprete científico de la Biblia,[28] y sería precisamente el reformado Juan Calvino quien sería conocido como “el teólogo del Espíritu Santo” por el hecho de que fue el primero en sistematizar la enseñanza bíblica sobre el Espíritu Santo, y estas comprendidas a la luz de aspectos fundamentales de la gracia salvífica dentro de todo el plan redentor de Dios.

Posteriormente en la historia, la teología, así como la interpretación daría un giro inesperado en cuanto a la forma de ver las Escrituras y poner nuevamente en duda aspectos doctrinales, los cuales involucraría nuevamente el ataque y poner en duda aspectos fundamentales de la fe cristiana. Estos movimientos de pensamientos vinieron a ser el resultado del racionalismo y el experimento entre filosófico y científico dando lugar la teología liberal y la alta crítica. Lo que estos hombres hicieron es remover a Dios de la ecuación y naturalismo y el cientificismo llevaría a minimizar la obra sobrenatural del Dios Trino y su manifestación a lo largo de la historia redentora. El entendimiento teológico acerca del Espíritu Santo y su participación dentro de todo el plan redentor estando claro por la misma Escritura. Mayormente en su venida en el día de Pentecostés dio una forma particular de su manifestación en los creyentes y a lo largo de la historia de la iglesia ha dado el resultado establecido en la misma Escritura de como sería su participación y manifestación dentro de la comunidad eclesial y en el creyente, repartiendo dones y sellando para salvación. Los críticos de las lenguas habladas por los creyentes pentecostales y otros grupos carismáticos afirman que las lenguas de Pentecostés fueron idiomas y dialectos,[29] pero en la era actual se tiene una comprensión distinta que ha llevado a la comunidad eclesial al desorden y a una comprensión errónea de la manifestación del Espíritu Santo en la iglesia. Un entendimiento claro del Espíritu Santo debe conducirnos a la sana doctrina y a su vez, apreciar la obra redentora del Dios Trino.

Conclusión

Queda claro que cualquier doctrina debe estar fundamentada por la misma evidencia bíblica y esta sirva como guía para darle a la iglesia una forma de adoración y un entendimiento teológico del Dios Trino. La Trinidad entera es ontológicamente necesaria porque nada más lo hizo existir,[30] así que el entendimiento de las tres personas en la Deidad de Dios puede ser abrazado por fe en el corazón del creyente. Particularmente la participación del Espíritu Santo después de su venida en el creyente, obra de forma continua para hacer del individuo aquello que por el plan soberano de Dios está destinado a ser. Tanto en el proceso de justificación, santificación y glorificación en el cual la participación del Espíritu Santo es evidente, no debe verse en forma gradual sino como el trabajo de Dios de una obra redentora completa. Y en nuestra búsqueda de la verdad, el Espíritu Santo es el gran guía a la verdad de Dios (Juan 14:26).[31]



[1] D.A. Carson, Falacias Exegéticas. Barcelona, España: Editorial CLIE, 2013. 130.

[3] William Sanford Lasor, David Allan Hubbard, Frederic William Bush, Panorama Del Antiguo Testamento: Mensaje, Forma y Trasfondo Del Antiguo Testamento. Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío, 2004. 13.

[4] Paul N. Benware, Panorama del Nuevo Testamento. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 1993. 47.

[5] 43 Walter C. Kaiser, Predicación y Enseñanza desde el Antiguo Testamento. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano 2010. 43.

[6] Sinclair B. Ferguson, El Espíritu Santo. Barcelona, España: Publicaciones Andamio, 2016. 15.

[7] Sinclair B. Ferguson, El Espíritu Santo. Barcelona, España: Publicaciones Andamio, 2016. 43.

[9] William Sanford Lasor, David Allan Hubbard, Frederic William Bush, Panorama Del Antiguo Testamento: Mensaje, Forma y Trasfondo Del Antiguo Testamento. Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío, 2004. 11.

[10] Sinclair B. Ferguson, El Espíritu Santo. Barcelona, España: Publicaciones Andamio, 2016. 21.

[11] Herman Bavinck, Nuestro Dios Maravilloso. Salem, Oregón: Publicaciones Kerigma, 2020. 295.

[13] Paul N. Benware, Panorama del Antiguo Testamento. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 1994. 171.

[14] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una Perspectiva Pentecostal. Estados Unidos de América: Editorial Vida, 1996. 149.

[15] Ibid.,150.

[16] Millard Erickson, Teología Sistemática. Barcelona, España: Editorial CLIE, 2008. 860.

[17] Paul N. Benware, Panorama del Nuevo Testamento. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 1993. 10. 

[18] Thomas D. Lea, El Nuevo Testamento: Su Trasfondo y Su Mensaje. El Paso, TX: Editorial Mundo Hispano, 2004.

[19] John F. Walvoord, Roy B. Zuck, El Conocimiento Bíblico Un Comentario Expositivo Nuevo Testamento Tomo 4. Puebla, Puebla, México: Ediciones De Las Américas, A.C., 2006. 128.

[20] John F. Walvoord, Roy B. Zuck, El Conocimiento Bíblico Un Comentario Expositivo Nuevo Testamento Tomo 3. Puebla, Puebla, México: Ediciones De Las Américas, A.C., 2015. 333. 

[22] Everett. F. Harrison, Comentario Bíblico Moody. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 1965. 436.  

[24] Millard Erickson, Teología Sistemática. Barcelona, España: Editorial CLIE, 2008. 860.

[25] Theo G. Donner, Historia de la Exégesis. Colombia: Academia 21, 2020. 24.

[26] James Leo Garrett, Teología Sistemática: Bíblica, Histórica y Evangélica Tomo II. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano, 2000. 136. 

[27] Paul Enns, Compendio Portavoz de Teología. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 2010. 251.

[28] Paul Enns, Compendio Portavoz de Teología. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 2010. 463.

[29] Jorge Canto Encalada, En Espíritu Santo y Fuego. Barcelona, España: Editorial CLIE, 2025. 19. 

[30] Brian Morley, Método Apologético. Salen, Oregón: Publicaciones Kerigma, 2021. 201.

[31] Donald S. Whitney, Disciplinas Espirituales para la Vida Cristiana. Tyndale House Publishers, Inc., 2016. 67.

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